sábado, 10 de octubre de 2026

Luisa Capetillo: mucho más que los pantalones

 

A Luisa Capetillo se la recuerda, sobre todo, por una anécdota: en 1915, en La Habana, fue arrestada por salir a la calle con pantalones. Se defendió ella misma ante el juez, argumentando que ninguna ley prohibía a las mujeres usar ropa de hombre, y ganó. Es una buena historia, pero reducirla a eso es un error. Capetillo fue lectora de fábrica, escritora, organizadora de huelgas y una de las primeras voces del anarquismo y el feminismo obrero en Puerto Rico.

Una autodidacta en las fábricas de tabaco

Nació en Arecibo el 28 de octubre de 1879 (algunas fuentes dan 1882), hija de un obrero de origen español y de una madre francesa que trabajaba como empleada doméstica y le transmitió su idioma. Capetillo se formó sola, a fuerza de lectura, y llegó a leer literatura en francés. Trabajó en la industria de la aguja, escribió desde 1904 en periódicos de su pueblo y, en 1906, se hizo lectora en las fábricas de tabaco: la persona que leía en voz alta a las y los torcedores mientras trabajaban, y que les llevaba, de paso, noticias, novelas y ideas. En ese ambiente conoció a la Federación Libre de Trabajadores, el sindicato desde el cual empezó a organizar a las obreras del tabaco y de la caña.

Escribir para cambiarlo todo

En 1907 publicó Ensayos libertarios, donde expone sus ideas para una sociedad igualitaria; le siguió La humanidad en el futuro (1910) y, en 1916, Influencias de las ideas modernas, que reúne obras de teatro y cuentos. Defendió el amor libre, la escuela racionalista, el vegetarianismo y el ejercicio, y reclamó el voto para todas las mujeres, aunque su mayor preocupación fue que se organizaran en sindicatos. Una de sus frases más citadas resume su convicción: "La mujer debe de cambiar de situación cueste lo que cueste."

Viajes, huelgas y destierro

Desde 1912 vivió y militó en Nueva York, Tampa y Cuba, y más tarde apoyó huelgas en República Dominicana. En 1915, en Cuba, además del arresto por los pantalones, las autoridades la tuvieron en la mira por anarquista extranjera, y fue deportada a Puerto Rico. Al volver fue una de las líderes de las huelgas agrícolas del país, y en 1916 participó en la gran huelga de la caña, que según varias biografías reunió a unos 40.000 trabajadores de 32 municipios y terminó con un aumento salarial del 13%.

Ya en la década de 1920 colaboró con la campaña del Partido Socialista. Enferma de tuberculosis, murió en 1922, a los 42 años. La mayoría de las fuentes en español sitúa su muerte el 10 de octubre; algunas, incluida la versión en inglés de Wikipedia, dicen que fue el 10 de abril del mismo año.

Una historia que se perdió y se recuperó

Durante décadas su nombre estuvo casi borrado. Fue redescubierta en los años setenta, y la periodista Norma Valle Ferrer le dedicó en 1990 la biografía Luisa Capetillo, historia de una mujer proscrita, además de compilar su obra en Mi patria es la libertad. Hoy es reconocida como un ícono de las luchas libertarias, obreras y feministas de Puerto Rico.

📚 Bibliografía:

  • Valle Ferrer, Norma (1990). Luisa Capetillo, historia de una mujer proscrita.
  • Valle Ferrer, Norma, ed. Luisa Capetillo: Obra completa. "Mi patria es la libertad".
  • Hewitt, Nancy A. (2005). "Luisa Capetillo: Feminist of the Working Class". En: Latina Legacies: Identity, Biography, and Community. Nueva York: Oxford University Press, pp. 120-134.
  • Capetillo, Luisa (1907). Ensayos libertarios.
  • Capetillo, Luisa (1910). La humanidad en el futuro.
  • Capetillo, Luisa (1916). Influencias de las ideas modernas.

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miércoles, 7 de octubre de 2026

Domitila Pareja: la costurera que encendió la primera antorcha anarcofeminista de Bolivia

 

Murió a los 26 años, de tuberculosis, en octubre de 1926. Apenas tuvo tiempo de vivir, militar y luchar durante poco más de un lustro. Y, sin embargo, Domitila Pareja es recordada como la primera anarcofeminista de Bolivia —un título que se ganó no por longevidad, sino por la contundencia de lo poco que alcanzó a hacer.

(Nota: no debe confundirse con Domitila Barrios de Chungara, la célebre dirigente minera boliviana de la segunda mitad del siglo XX. Son dos mujeres bolivianas distintas, separadas por una generación completa, que por coincidencia comparten el mismo nombre de pila.)

De costurera a fundadora de un periódico

Domitila trabajaba como costurera en La Paz cuando, en 1923, se convirtió en una de las siete personas fundadoras del grupo anarquista La Antorcha, junto al mecánico e ideólogo Luis Cusicanqui, Jacinto Centellas, Modesto Escobar y el español Nicolás Mancilla, entre otros. Ese mismo año, el grupo lanzó el periódico que llevó el mismo nombre del colectivo —La Antorcha—, convirtiéndose en una de las publicaciones libertarias más activas de la ciudad.

Domitila no fue una fundadora pasiva o secundaria. Se convirtió en oradora del grupo, insistiendo en un argumento que no era habitual escuchar en los espacios anarquistas mixtos de la época: el de la doble sumisión de las mujeres, obligadas a cargar simultáneamente con la explotación obrera y con el mandato de la maternidad.

El sindicato que cruzó clase y etnia

Más allá del periódico, Domitila trabajó activamente en el Sindicato Femenino de Oficios, un espacio donde confluían trabajadoras domésticas, niñeras y vendedoras ambulantes —en su mayoría mujeres indígenas— que debatían ahí sus propias condiciones de explotación y discriminación frente a la burguesía local paceña. Fue precisamente esa capacidad de entrelazar la crítica de clase con la condición étnica de las trabajadoras lo que distinguió su militancia del discurso anarquista boliviano más general de la época, centrado casi siempre en categorías de clase sin esa misma atención a la dimensión indígena.

La represión tras la Masacre de Uncía

En junio de 1923, el ejército boliviano masacró a trabajadores mineros en Uncía. Un año después, el grupo La Antorcha intentó publicar un manifiesto de denuncia titulado "La tragedia de Uncía", dirigido al proletariado boliviano. La publicación nunca pudo concretarse —según los propios registros del grupo, por la "maldad de los hombres dominados por el sectarismo y la envidia"—, y al día siguiente la policía persiguió y detuvo a varios miembros de la agrupación, entre ellos a la propia Domitila, quien fue liberada poco después. Sus compañeros, en cambio, fueron confinados a las regiones más apartadas e inhóspitas del país.

Un texto de 1928 titulado "De Bolivia. La vida del grupo La Antorcha" la describiría, años después de su muerte, con palabras que contrastaban deliberadamente su militancia con la de otros sectores del feminismo de la época:

"Luchadora de verdad, que supo llevar su aliento a los centros obreros y sufrió las persecuciones de la tirana, modesta y sencilla militante de la anarquía, que contrastaba notablemente con las feministas de plazuela que proclaman graciosamente el voto para la mujer y un puesto en el parlamento."

El último gesto

Enfermó de tuberculosis muy joven, y murió en octubre de 1926, a los 26 años. Cuenta la tradición oral del movimiento libertario boliviano que, poco antes de morir, un sacerdote se acercó a su cama para ofrecerle los últimos oficios religiosos. Domitila lo abofeteó. Fue, según quienes han reconstruido su historia, su último acto de coherencia: ni siquiera frente a la muerte estuvo dispuesta a transigir con la institución que tanto había criticado en vida.

Su muerte dejó, en palabras de quienes investigaron después al grupo La Antorcha, "un vacío en la militancia libertaria de Bolivia que nunca llegó a solucionarse del todo".

Una memoria a veces distorsionada

Incluso en los intentos más recientes de rescatar su figura, Domitila ha sido en ocasiones mal representada: en el video documental "Voces de Libertad", se la representa visualmente como una "chola" —una categoría social y étnica específica del altiplano boliviano—, cuando en realidad, según la investigación de la historiadora Silvia Rivera Cusicanqui, correspondía más bien a la categoría urbana de "birlocha". Es un recordatorio de que incluso cuando se intenta honrar a estas mujeres, persiste el riesgo de simplificar o distorsionar las identidades específicas que ellas mismas habitaron.

📚 Bibliografía:

  • Hubble Porcelli. "El tranvía que no paraba nunca: Mujeres anarquistas en cuatro cuadros". Casa del Tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana.
  • Rivera Cusicanqui, Silvia. "La identidad ch'ixi de un mestizo: En torno a La Voz del Campesino, manifiesto anarquista de 1929". Sociedad de Amigos Contra el Estado, 2011.
  • "Huellas libertarias: Un manifiesto indígena y anarquista en Bolivia". Portal OACA.
  • Choque, Roberto (2009). Investigación citada sobre la circulación de La Voz del Campesino y el contexto del anarquismo paceño.
  • "De Bolivia. La vida del grupo La Antorcha" (1928), documento de época citado en estudios sobre anarquismo boliviano, SciELO Bolivia.

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lunes, 5 de octubre de 2026

Giliana Berneri: la pediatra que heredó una lucha y la hizo propia

El 5 de octubre de 1919 nace en Florencia Giliana Berneri, pediatra y militante anarquista ítalo-francesa. No llegó al anarquismo por casualidad: era la hija menor de Camillo Berneri, célebre filósofo y militante anarquista italiano, y de Giovanna Caleffi, también destacada activista libertaria. Su hermana mayor, Marie Louise Berneri, se convertiría a su vez en una figura relevante del anarquismo británico.

Una infancia marcada por el exilio y la pérdida

En 1926, perseguida por el régimen fascista de Mussolini, la familia Berneri tuvo que huir de Italia y refugiarse en Francia. Giliana tenía apenas siete años. Once años después, en mayo de 1937, su padre fue asesinado en Barcelona durante los llamados "Hechos de Mayo", en circunstancias nunca del todo esclarecidas, pero que se atribuyen ampliamente a agentes estalinistas —Camillo Berneri había denunciado públicamente, en su propio periódico, la injerencia soviética en la Guerra Civil española, lo que le costó la vida a los 39 años.

Pese a ese golpe devastador, Giliana continuó sus estudios en París, donde se formó como médica, especializándose en pediatría y psicoanálisis.

Rescatar a un compañero del campo de internamiento

En 1939, Giliana se implicó activamente en la campaña para liberar al anarquista italiano Ernesto Bonomini, interno en el campo de concentración francés de Rieucros (Mende, Lozère), y lo ayudó después a huir hacia Estados Unidos.

Una militancia que honraba el nombre de su padre

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Giliana regresó a Francia y en 1945 se casó con el también militante anarquista Serge Senninger, conocido como "Serge Ninn". Se nacionalizó francesa el 17 de octubre de 1947. Se integró de lleno a la Federación Anarquista (fundada en 1945), militando en el grupo Sacco y Vanzetti del Quinto Distrito de París —que luego pasaría a llamarse Grupo Kronstadt—, y colaboró activamente con el periódico Le Libertaire, participando en iniciativas junto a intelectuales como Albert Camus.

En 1950, junto a Georges Fontenis, Giliana participó en la fundación de una corriente dentro de la Federación Anarquista llamada Organización-Pensamiento-Batalla (OPB), cuyo nombre fue elegido deliberadamente como homenaje al trabajo teórico de su padre. Sin embargo, esa misma corriente terminó derivando en prácticas internas que Giliana consideró manipuladoras, y cuando la Federación se fracturó en 1953 —dando origen a la Federación Comunista Libertaria—, ella se sumó al Grupo Kronstadt para denunciar públicamente las maniobras de Fontenis, lo que le costó ser expulsada de la organización en 1954.

Decepcionada por las disputas internas del movimiento, se alejó progresivamente de la militancia activa. Tras la muerte de su madre en 1962, confió todo el archivo familiar al investigador Aurelio Chessa, quien con ese material constituyó el Archivio famiglia Berneri - Aurelio Chessa, un fondo documental que preserva hasta hoy la memoria de toda la familia.

Giliana Berneri murió en París el 19 de julio de 1998, a los 78 años.

📚 Bibliografía:

  • Dupuy, Rolf, Enckell, Marianne, et al. "BERNERI Giliana (ou Giliane), épouse Senninger". Le Maitron — Dictionnaire des anarchistes.
  • "Berneri, Giliana, 1919-1998". libcom.org.
  • Joyeux, Maurice. "Histoire de la Fédération anarchiste (1945-1965)". La Rue.
  • "BERNERI, Giliana [épouse SENNINGER]". Dictionnaire international des militant·e·s anarchistes (DIMA).
  • Éphéméride Anarchiste, entrada del 5 de octubre.
  • McKay, Iain (2023). Petrogrado 1917 a Barcelona 1937. (Incluye referencias a la correspondencia de Camillo Berneri con su hija Giliana).

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sábado, 3 de octubre de 2026

Femicidio y feminicidio: ¿son lo mismo?

 

Se usan todo el tiempo como sinónimos, incluso en medios y en la propia conversación feminista. Pero femicidio y feminicidio no nacieron para decir exactamente lo mismo, y entender la diferencia no es un capricho académico: es entender qué estamos exigiéndole al Estado cuando usamos una u otra palabra.

El origen: un tribunal en Bruselas, 1976

El término "femicide" en inglés ya existía desde 1801 —apareció en un libro satírico londinense de John Corry— y la escritora estadounidense Carol Orlock lo acuñó de forma independiente para una antología que nunca llegó a publicar. Pero fue la socióloga sudafricana-estadounidense Diana Russell quien lo politizó y lo instaló en el debate público: lo usó por primera vez en voz alta en marzo de 1976, al testimoniar ante el Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres, celebrado en Bruselas, un tribunal popular que ella misma organizó junto a la activista belga Nicole Van de Ven, inspirado en los tribunales de opinión sobre crímenes de guerra de Bertrand Russell. Al evento asistieron cerca de 2.000 mujeres de 40 países, y Simone de Beauvoir lo definió en su discurso inaugural como "el comienzo de la descolonización radical de las mujeres".

Russell definió el femicidio como "el asesinato de mujeres por hombres, por el hecho de ser mujeres" —un término que, según ella misma explicó después, politiza los asesinatos misóginos de la misma forma en que la palabra "genocidio" politiza los actos de exterminio dirigidos a destruir a un pueblo—. En 1992 coeditó, junto a Jill Radford, el primer libro dedicado íntegramente al tema: Femicide: The Politics of Woman Killing. Ese libro fue, según la propia Russell, lo que inspiró directamente a la congresista y antropóloga mexicana Marcela Lagarde a organizar la lucha contra el femicidio en su país, difundiendo el concepto y las movilizaciones por toda América Latina.

La bisagra: Marcela Lagarde y la responsabilidad del Estado

Aquí está la diferencia que de verdad importa. Marcela Lagarde utilizó deliberadamente la palabra feminicidio —y no femicidio— al traducir y adaptar el concepto de Russell al español, para subrayar algo que el término original no capturaba del todo: que estos crímenes no son solo asesinatos misóginos, sino que además permanecen en la impunidad, sostenidos por la negligencia o la complicidad del propio Estado.

Es un dato poco conocido, pero revelador de que esta no es una diferencia menor ni consensuada: la propia Diana Russell manifestó públicamente su incomodidad con esa decisión de traducción. Para ella, fragmentar el término en dos palabras distintas en español diluía el concepto político unificado que había pasado años difundiendo, y lamentó que se usara "feminicidio" en vez de "femicidio" en el mundo hispanohablante. Es decir: el propio debate sobre cuál palabra usar nació, en parte, de un desacuerdo real entre las dos pensadoras que más hicieron por instalar el concepto.

Para Lagarde y muchas otras activistas, el feminicidio es un "crimen de Estado": la responsabilidad estatal está en el centro de la denuncia, no es un agravante accesorio. Esa distinción fue central en los casos paradigmáticos de feminicidios en Ciudad Juárez, México, y la Corte Interamericana de Derechos Humanos la consagró judicialmente en la sentencia del caso Campo Algodonero, que condenó al Estado mexicano precisamente por no cumplir sus obligaciones de prevención, investigación y sanción frente a estos crímenes.

En la misma línea, el Departamento de Educación de la UFM resume así la distinción:

Femicidio: asesinatos de mujeres considerados homicidio, sin destacar necesariamente las relaciones de género ni las acciones u omisiones del Estado.

Feminicidio: asesinatos de mujeres por su condición de género, que toman en cuenta las relaciones de poder desiguales entre los sexos y se vinculan con la participación del Estado, por acción o por omisión, derivada de la impunidad existente.

Una red feminista que llegó antes que las leyes

América Latina no solo acuñó el concepto: también construyó, antes que casi cualquier otra región del mundo, la institucionalidad para enfrentarlo. Las organizaciones feministas crearon una red contra la violencia hacia las mujeres a nivel latinoamericano y caribeño ya en 1990. En 1994 se adoptó la Convención de Belém do Pará, el primer tratado internacional específico sobre violencia contra las mujeres —más de 15 años antes de que Europa adoptara un instrumento similar—. Y en 2001 se lanzó la primera campaña continental, "Por la vida de las mujeres: Ni una muerta más", que puso el foco público en estos asesinatos y dio pie a investigaciones y estudios en toda la región.

Ese trabajo acumulado llevó a que, hoy, casi una veintena de países latinoamericanos tipifiquen el femicidio o feminicidio como delito específico en su legislación penal.

Cómo aterrizó en la ley chilena

Chile es un buen caso para ver esta tensión conceptual hecha carne en una legislación concreta. El proyecto de ley que tipificó el femicidio en el país (Boletín 4937-18, 2007) no incorporó la definición amplia y política de Lagarde, sino una versión mucho más acotada: modificó el artículo 390 del Código Penal, que sanciona el parricidio, para que la misma pena se aplique a quien mate a su cónyuge o conviviente, o a la persona con la que tiene un hijo en común, calificando el delito como femicidio cuando la víctima es mujer.

Esa definición —la que en la literatura especializada se conoce como "femicidio íntimo"— dejó fuera deliberadamente otras formas de violencia: se excluyeron las relaciones de pareja sin convivencia ni hijos en común (como los pololeos), y se descartó además una propuesta paralela para reducir la sanción penal a mujeres que mataran a sus agresores tras años de sufrir violencia. El resultado es una ley que, aunque nombrada "femicidio", en la práctica circunscribe el problema al ámbito de la violencia intrafamiliar, dejando fuera la violencia de género que ocurre en el espacio público, laboral o institucional —exactamente el tipo de reducción que la noción amplia de feminicidio buscaba combatir.

Los propios registros estatales reflejan esa definición acotada: según cifras de SERNAM, en 2008 se contabilizaron 59 femicidios en Chile y 55 en 2009, siempre dentro de ese marco estrictamente "íntimo".

La paradoja de haberlo convertido en ley

Aquí es donde la jurista chilena Patsilí Toledo Vásquez plantea una crítica incómoda pero necesaria: al convertir el feminicidio en un delito penal común —cometido por determinados agresores sobre ciertas víctimas—, muchas de estas leyes terminaron eliminando cualquier referencia a la responsabilidad o negligencia estatal que el concepto original de Lagarde quería denunciar.

Cuando el feminicidio deja de entenderse como una acusación al Estado y pasa a entenderse simplemente como un asesinato de mujeres por razones de género —es decir, se vuelve sinónimo llano de femicidio—, pierde justamente el filo político que lo distinguía. Para los Estados que la justicia internacional ha señalado como responsables de sostener la impunidad —México y buena parte de Centroamérica, entre ellos—, tipificar el feminicidio como "delito común" permite desplazar el foco de atención desde su propia responsabilidad hacia el agresor individual, como si el Estado no tuviera nada que ver.

En Europa, el debate tomó caminos distintos: Reino Unido y Alemania usan la expresión original de Russell, femicide, mientras que Italia y España adoptaron el término "feminicidio", en buena medida por la visibilidad internacional de los crímenes en México y la influencia directa del activismo latinoamericano.

Por qué importa la palabra que usamos

Nombrar bien no es un ejercicio semántico vacío. Si llamamos femicidio a lo que en realidad es feminicidio —un crimen sostenido por la impunidad estatal—, le quitamos al Estado la responsabilidad que le corresponde. Y si usamos ambos términos como sinónimos intercambiables sin más, perdemos una herramienta conceptual que el feminismo latinoamericano construyó, con enorme esfuerzo político, para exigir algo más que castigar al agresor individual: para exigirle cuentas al sistema completo que permitió que esa violencia ocurriera y quedara impune.

📚 Fuentes:

·         Toledo Vásquez, Patsilí. "Femicide / femicidio / feminicidio: ¿estamos hablando de lo mismo?". Revista Humboldt, Goethe-Institut, mayo de 2021.

·         Pérez de Pineda, Ligia. "Femicidio / feminicidio". Departamento de Educación, Universidad Francisco Marroquín.

·         Stang, María Fernanda. "Matemos a la mujer. El femicidio en Chile desde la perspectiva de la performatividad". Punto Género, N.º 1, 2011.

·         Russell, Diana E. H. y Van de Ven, Nicole (1976). Crimes Against Women: The Proceedings of the International Tribunal.

·         Russell, Diana E. H. y Radford, Jill, eds. (1992). Femicide: The Politics of Woman Killing.

·         Russell, Diana E. H. (2011). "The Origin and Importance of the Term Femicide".

·         Corte Interamericana de Derechos Humanos. Caso González y otras ("Campo Algodonero") vs. México (2009).

·         Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará, 1994).

·         Muñoz, Adriana (2009). "El proyecto de ley para la tipificación del femicidio en Chile y estado actual del debate parlamentario". En: Tipificación del femicidio en Chile. Un debate abierto. Red Chilena contra la Violencia Doméstica y Sexual.

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viernes, 2 de octubre de 2026

"El día que la verdad salió de un pique Minero" El estigma como complicidad: a más de dos décadas de las niñas de Alto Hospicio

 

"Las niñas se fueron de sus casas por razones de deserción escolar, de búsqueda de mejores horizontes o de incomunicación con sus padres."

Entre 1998 y 2001, la comuna de Alto Hospicio, en el norte de Chile, se convirtió en el escenario de uno de los capítulos más atroces de nuestra historia reciente. Catorce jóvenes —la gran mayoría adolescentes, habitantes de tomas de terreno, en situación de pobreza— fueron secuestradas, violadas, asesinadas y hechas desaparecer por Julio Pérez Silva, un taxista informal de la zona. Sin embargo, durante años, el asesino no fue el único que borró sus huellas: el Estado, la justicia y los medios de comunicación se encargaron de desaparecerlas socialmente mucho antes de que se encontraran sus cuerpos.

El caso de "las niñas de Alto Hospicio" no es solo la crónica de un asesino en serie; es el reflejo de una violencia estructural donde el prejuicio de clase y el machismo institucional operaron como los mejores aliados de la impunidad.

La construcción del mito oficial: "se fueron por su propia voluntad"

Cuando las familias de las jóvenes —familias obreras, esforzadas, precarizadas en una comuna desértica y postergada— acudieron a las instituciones a denunciar las desapariciones, la respuesta oficial fue un portazo en la cara. Las autoridades de la época instalaron una narrativa tan violenta como el crimen mismo: las niñas no estaban en peligro, simplemente se habían escapado de sus realidades o se dedicaban al comercio sexual.

El entonces intendente de Tarapacá, Jorge Tapia, lo planteó públicamente así:

"Todas ellas han tenido serios problemas familiares, no quieren volver a sus hogares. Es el momento de decirle que deben volver y que nosotros vamos a darle todo el apoyo de distintos niveles de instituciones que pueden ayudarle a salir de distintos problemas que pueden tener."

Y el entonces subsecretario del Interior, Jorge Burgos, fue igual de categórico ante la prensa:

"Al menos dos casos demostrarían más bien acciones voluntarias de abandono, producto de situaciones personales que tienen que ver con mala relación con los padres, algunos casos de violencia intrafamiliar... Los antecedentes indicarían que en algunos casos podríamos estar en presencia no de desapariciones forzadas."

Mientras el poder político emitía estas declaraciones para aplacar la alarma pública, el asesino seguía libre, amparado por un sistema que prefería culpar a la "disfuncionalidad" de los hogares pobres antes que levantar una búsqueda real. Carabineros incluso envió delegaciones a Tacna, Perú, a buscar a las jóvenes en prostíbulos y cabarets. No encontraron ninguna huella, porque nunca estuvieron ahí.

El concepto de la "víctima ideal"

El sociólogo y criminólogo noruego Nils Christie desarrolló en 1986 un concepto que explica con precisión quirúrgica lo que ocurrió en Alto Hospicio: el de la víctima ideal, aquel estatus social que se otorga rápida y legítimamente a quien sufre un delito, y que Christie compara con categorías como "héroe" o "traidor". Para que una persona sea reconocida socialmente como víctima —más allá del hecho fáctico de haber sufrido un delito— debe cumplir con ciertos parámetros: ser percibida como inocente, respetable, y estar en una posición débil pero con la fuerza social suficiente para ser escuchada.

Las jóvenes de Alto Hospicio no cumplían ese perfil no por algo que hubieran hecho, sino por su origen: pobres, habitantes de tomas de terreno, mujeres, adolescentes. Como explica la investigadora Beatriz Sánchez, no es lo mismo ser víctima que ser reconocida como víctima. Para adquirir ese estatus social hay que pasar filtros de reconocimiento que, en este caso, el sistema completo —policial, judicial, político y mediático— se negó a otorgarles.

Los testimonios que lo confirman

Patricia Jabre, madre de Macarena Sánchez, recordaría después haber sido humillada por Carabineros e Investigaciones, quienes insistían en que su hija se había ido voluntariamente de la casa. El caso de la madre de Katherine Arce es todavía más brutal: relató que el suboficial Héctor Arriagada le dijo que no se preocupara, "porque mi hija era bonita, iba a ir a ganar plata fácilmente e iba a estar bien, porque ella, en la situación que vivía, ella necesitaba vestirse bien y todo, porque era señorita".

Años después, el propio cabo de Carabineros Gerhard Schrandt Ferrada, que participó en la investigación, reconocería la negligencia institucional sin rodeos: "Hubo desinterés del Alto Mando, que no dispuso un grupo de investigación serio, al tiro. Tampoco se fiscalizaban las calles principales (...) Nunca se les creyó, no se les dio importancia, porque eran pobres".

Fueron los propios padres y madres —entre ellos, los de Macarena Sánchez y Viviana Garay— quienes, decepcionados por la nula respuesta policial, comenzaron su propia investigación paralela: elaboraron mapas artesanales cruzando los lugares de estudio y residencia de las desaparecidas, viajaron a Santiago a golpear puertas en La Moneda, el Consejo de Defensa del Estado y la Corte Suprema, y se manifestaron frente a la intendencia. La policía, en algún punto, llegó a investigarlos a ellos mismos, buscando antecedentes para inculparlos.


Nombrarlas para hacer justicia histórica

El horror salió a la luz recién el 3 de octubre de 2001, no por la eficacia policial, sino porque Bárbara Núñez, de 13 años, sobrevivió al ataque de Pérez Silva: la amarró de pies y manos y la dejó caer a un pique minero de diecisiete metros, convencido de que moriría con el paso de las horas. Ella logró salir por sus propios medios y llegar hasta la carretera, donde fue auxiliada. Un detalle que ella recordó —unas figurillas de "Bananas en Pijamas" colgando del espejo retrovisor del auto— permitió a Carabineros identificar y detener a Pérez Silva dos días después.

Solo entonces, tras su confesión, comenzó la macabra tarea de ubicar los cuerpos. Los restos de Graciela Saravia y Sara Gómez habían sido hallados poco después de sus homicidios; los del resto de las víctimas fueron apareciendo entre octubre de 2001 y julio de 2002.

Contra el olvido, contra el estigma mediático y contra las declaraciones que las acusaron de abandonar sus hogares, reivindicamos la memoria y los nombres de las catorce víctimas de Alto Hospicio:

  • Graciela Montserrat Saravia Tapia, 17 años — 16 de septiembre de 1998
  • Ornella Dayana Linares Cepeda, 14 años — 5 de abril de 1999
  • Ivón Alexandra Carrillo Lefno, 15 años — 7 de agosto de 1999
  • Gisela Ivonne Melgarejo Navarro, 34 años — 2 de febrero de 2000
  • Sara Marisol Gómez Cuevas, 18 años — 21 de febrero de 2000
  • Angélica Lily Lay Alcayaga, 23 años — 24 de febrero de 2000
  • Laura Andrea Zola Henríquez, 14 años — 23 de marzo de 2000
  • Katherine Elizabeth Arce Rivera, 16 años — 5 de abril de 2000
  • Patricia Edith Palma Valdivia, 17 años — 22 de mayo de 2000
  • Macarena Cecilia Montecino Iglesias, 15 años — 30 de junio de 2000
  • Viviana Melisa Garay Moena, 16 años — 30 de junio de 2000
  • Macarena del Carmen Sánchez Jabre, 13 años — 23 de noviembre de 2000
  • Deysi Sara Castro Mamani, 16 años — 22 de mayo de 2001
  • Angélica Miryam Palape Castro, 47 años — 23 de agosto de 2001

Justicia aporofóbica y patriarcal

Esta negligencia no fue un error administrativo; fue una decisión política e institucional guiada por el prejuicio de clase y de género. Si catorce adolescentes de los barrios más acomodados de Santiago hubiesen desaparecido en un lapso de tres años, el país se habría paralizado. Pero en Alto Hospicio, el peso de su vulnerabilidad social las volvió prescindibles para un sistema judicial ciego ante el dolor de la periferia.

Julio Pérez Silva fue finalmente condenado el 26 de febrero de 2004 a presidio perpetuo simple por 14 homicidios, dos violaciones y un homicidio frustrado —condena que la Corte Suprema elevó a presidio perpetuo calificado en 2006—. Recién podrá optar a beneficios carcelarios en 2041. El entonces general director de Carabineros reconoció públicamente "algunas equivocaciones", pero nunca hubo responsabilidades políticas ni judiciales para quienes construyeron y sostuvieron durante tres años la hipótesis de la fuga voluntaria.

Memoria feminista

Escribir hoy sobre Alto Hospicio desde un espacio feminista es un acto de justicia histórica. Es recordar que el sesgo de clase mata, que el machismo institucional destruye dignidades, y que la justicia, si solo atiende a quienes tienen poder o encajan en el molde de la "víctima ideal", no es justicia: es un privilegio.

A las niñas de Alto Hospicio no las olvidamos. Su recuerdo permanece vivo para exigir que nunca más el origen social de una mujer sea la excusa del Estado para abandonarla a la violencia más extrema.

📚 Bibliografía:

  • Bock, Karin (2018). Reinas de la Pampa. Territorio de reinscripción para catorce feminicidios. Memoria de Magíster en Ciencias Sociales, Universidad de Chile.
  • Carrillo, Cheryl (2005). A la sombra de la impunidad. Santiago.
  • Christie, Nils (2013). "La víctima ideal". En: Losa, Juan Francisco (coord.). Vida social, un lenguaje para interpretar. Buenos Aires, Editores del Puerto.
  • Errázuriz, Pilar (2018). "Violencia real, violencia simbólica: los crímenes de Alto Hospicio". Nomadías, (6): 142-146.
  • Fluxá, Rodrigo (2015). "Julio Pérez Silva. Predador". En: Guerriero, Leila. Los Malos. Ediciones Universidad Diego Portales.
  • Leiva, Ricardo (2005). Reinas del desierto: la aterradora historia de los crímenes de Alto Hospicio. Santiago, Planeta.
  • Matus, Alejandra (28 de julio de 2018). "Del arresto del sicópata de Alto Hospicio al hallazgo de cuerpos en un pique". The Clinic.
  • Sánchez, Beatriz (2021). "La víctima ideal en los delitos de agresión y abuso sexual". Universitas Revista de Filosofía, Derecho y Política, (38).
  • Silva, Jimena y Chávez, Loreto (2018). "Testimonios familiares de las adolescentes asesinadas en Alto Hospicio". Nomadías, (6): 109-126.
  • Tuozzo, Celina (2003). "Alto Hospicio: el Estado y la violencia de género en Chile". Confluencia, 1(2): 145-156.
  • Zúñiga, Diego (29 de septiembre de 2011). "Las madres de Alto Hospicio". Qué Pasa, La Tercera.

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