viernes, 2 de octubre de 2026

"El día que la verdad salió de un pique Minero" El estigma como complicidad: a más de dos décadas de las niñas de Alto Hospicio

 

"Las niñas se fueron de sus casas por razones de deserción escolar, de búsqueda de mejores horizontes o de incomunicación con sus padres."

Entre 1998 y 2001, la comuna de Alto Hospicio, en el norte de Chile, se convirtió en el escenario de uno de los capítulos más atroces de nuestra historia reciente. Catorce jóvenes —la gran mayoría adolescentes, habitantes de tomas de terreno, en situación de pobreza— fueron secuestradas, violadas, asesinadas y hechas desaparecer por Julio Pérez Silva, un taxista informal de la zona. Sin embargo, durante años, el asesino no fue el único que borró sus huellas: el Estado, la justicia y los medios de comunicación se encargaron de desaparecerlas socialmente mucho antes de que se encontraran sus cuerpos.

El caso de "las niñas de Alto Hospicio" no es solo la crónica de un asesino en serie; es el reflejo de una violencia estructural donde el prejuicio de clase y el machismo institucional operaron como los mejores aliados de la impunidad.

La construcción del mito oficial: "se fueron por su propia voluntad"

Cuando las familias de las jóvenes —familias obreras, esforzadas, precarizadas en una comuna desértica y postergada— acudieron a las instituciones a denunciar las desapariciones, la respuesta oficial fue un portazo en la cara. Las autoridades de la época instalaron una narrativa tan violenta como el crimen mismo: las niñas no estaban en peligro, simplemente se habían escapado de sus realidades o se dedicaban al comercio sexual.

El entonces intendente de Tarapacá, Jorge Tapia, lo planteó públicamente así:

"Todas ellas han tenido serios problemas familiares, no quieren volver a sus hogares. Es el momento de decirle que deben volver y que nosotros vamos a darle todo el apoyo de distintos niveles de instituciones que pueden ayudarle a salir de distintos problemas que pueden tener."

Y el entonces subsecretario del Interior, Jorge Burgos, fue igual de categórico ante la prensa:

"Al menos dos casos demostrarían más bien acciones voluntarias de abandono, producto de situaciones personales que tienen que ver con mala relación con los padres, algunos casos de violencia intrafamiliar... Los antecedentes indicarían que en algunos casos podríamos estar en presencia no de desapariciones forzadas."

Mientras el poder político emitía estas declaraciones para aplacar la alarma pública, el asesino seguía libre, amparado por un sistema que prefería culpar a la "disfuncionalidad" de los hogares pobres antes que levantar una búsqueda real. Carabineros incluso envió delegaciones a Tacna, Perú, a buscar a las jóvenes en prostíbulos y cabarets. No encontraron ninguna huella, porque nunca estuvieron ahí.

El concepto de la "víctima ideal"

El sociólogo y criminólogo noruego Nils Christie desarrolló en 1986 un concepto que explica con precisión quirúrgica lo que ocurrió en Alto Hospicio: el de la víctima ideal, aquel estatus social que se otorga rápida y legítimamente a quien sufre un delito, y que Christie compara con categorías como "héroe" o "traidor". Para que una persona sea reconocida socialmente como víctima —más allá del hecho fáctico de haber sufrido un delito— debe cumplir con ciertos parámetros: ser percibida como inocente, respetable, y estar en una posición débil pero con la fuerza social suficiente para ser escuchada.

Las jóvenes de Alto Hospicio no cumplían ese perfil no por algo que hubieran hecho, sino por su origen: pobres, habitantes de tomas de terreno, mujeres, adolescentes. Como explica la investigadora Beatriz Sánchez, no es lo mismo ser víctima que ser reconocida como víctima. Para adquirir ese estatus social hay que pasar filtros de reconocimiento que, en este caso, el sistema completo —policial, judicial, político y mediático— se negó a otorgarles.

Los testimonios que lo confirman

Patricia Jabre, madre de Macarena Sánchez, recordaría después haber sido humillada por Carabineros e Investigaciones, quienes insistían en que su hija se había ido voluntariamente de la casa. El caso de la madre de Katherine Arce es todavía más brutal: relató que el suboficial Héctor Arriagada le dijo que no se preocupara, "porque mi hija era bonita, iba a ir a ganar plata fácilmente e iba a estar bien, porque ella, en la situación que vivía, ella necesitaba vestirse bien y todo, porque era señorita".

Años después, el propio cabo de Carabineros Gerhard Schrandt Ferrada, que participó en la investigación, reconocería la negligencia institucional sin rodeos: "Hubo desinterés del Alto Mando, que no dispuso un grupo de investigación serio, al tiro. Tampoco se fiscalizaban las calles principales (...) Nunca se les creyó, no se les dio importancia, porque eran pobres".

Fueron los propios padres y madres —entre ellos, los de Macarena Sánchez y Viviana Garay— quienes, decepcionados por la nula respuesta policial, comenzaron su propia investigación paralela: elaboraron mapas artesanales cruzando los lugares de estudio y residencia de las desaparecidas, viajaron a Santiago a golpear puertas en La Moneda, el Consejo de Defensa del Estado y la Corte Suprema, y se manifestaron frente a la intendencia. La policía, en algún punto, llegó a investigarlos a ellos mismos, buscando antecedentes para inculparlos.


Nombrarlas para hacer justicia histórica

El horror salió a la luz recién el 3 de octubre de 2001, no por la eficacia policial, sino porque Bárbara Núñez, de 13 años, sobrevivió al ataque de Pérez Silva: la amarró de pies y manos y la dejó caer a un pique minero de diecisiete metros, convencido de que moriría con el paso de las horas. Ella logró salir por sus propios medios y llegar hasta la carretera, donde fue auxiliada. Un detalle que ella recordó —unas figurillas de "Bananas en Pijamas" colgando del espejo retrovisor del auto— permitió a Carabineros identificar y detener a Pérez Silva dos días después.

Solo entonces, tras su confesión, comenzó la macabra tarea de ubicar los cuerpos. Los restos de Graciela Saravia y Sara Gómez habían sido hallados poco después de sus homicidios; los del resto de las víctimas fueron apareciendo entre octubre de 2001 y julio de 2002.

Contra el olvido, contra el estigma mediático y contra las declaraciones que las acusaron de abandonar sus hogares, reivindicamos la memoria y los nombres de las catorce víctimas de Alto Hospicio:

  • Graciela Montserrat Saravia Tapia, 17 años — 16 de septiembre de 1998
  • Ornella Dayana Linares Cepeda, 14 años — 5 de abril de 1999
  • Ivón Alexandra Carrillo Lefno, 15 años — 7 de agosto de 1999
  • Gisela Ivonne Melgarejo Navarro, 34 años — 2 de febrero de 2000
  • Sara Marisol Gómez Cuevas, 18 años — 21 de febrero de 2000
  • Angélica Lily Lay Alcayaga, 23 años — 24 de febrero de 2000
  • Laura Andrea Zola Henríquez, 14 años — 23 de marzo de 2000
  • Katherine Elizabeth Arce Rivera, 16 años — 5 de abril de 2000
  • Patricia Edith Palma Valdivia, 17 años — 22 de mayo de 2000
  • Macarena Cecilia Montecino Iglesias, 15 años — 30 de junio de 2000
  • Viviana Melisa Garay Moena, 16 años — 30 de junio de 2000
  • Macarena del Carmen Sánchez Jabre, 13 años — 23 de noviembre de 2000
  • Deysi Sara Castro Mamani, 16 años — 22 de mayo de 2001
  • Angélica Miryam Palape Castro, 47 años — 23 de agosto de 2001

Justicia aporofóbica y patriarcal

Esta negligencia no fue un error administrativo; fue una decisión política e institucional guiada por el prejuicio de clase y de género. Si catorce adolescentes de los barrios más acomodados de Santiago hubiesen desaparecido en un lapso de tres años, el país se habría paralizado. Pero en Alto Hospicio, el peso de su vulnerabilidad social las volvió prescindibles para un sistema judicial ciego ante el dolor de la periferia.

Julio Pérez Silva fue finalmente condenado el 26 de febrero de 2004 a presidio perpetuo simple por 14 homicidios, dos violaciones y un homicidio frustrado —condena que la Corte Suprema elevó a presidio perpetuo calificado en 2006—. Recién podrá optar a beneficios carcelarios en 2041. El entonces general director de Carabineros reconoció públicamente "algunas equivocaciones", pero nunca hubo responsabilidades políticas ni judiciales para quienes construyeron y sostuvieron durante tres años la hipótesis de la fuga voluntaria.

Memoria feminista

Escribir hoy sobre Alto Hospicio desde un espacio feminista es un acto de justicia histórica. Es recordar que el sesgo de clase mata, que el machismo institucional destruye dignidades, y que la justicia, si solo atiende a quienes tienen poder o encajan en el molde de la "víctima ideal", no es justicia: es un privilegio.

A las niñas de Alto Hospicio no las olvidamos. Su recuerdo permanece vivo para exigir que nunca más el origen social de una mujer sea la excusa del Estado para abandonarla a la violencia más extrema.

📚 Bibliografía:

  • Bock, Karin (2018). Reinas de la Pampa. Territorio de reinscripción para catorce feminicidios. Memoria de Magíster en Ciencias Sociales, Universidad de Chile.
  • Carrillo, Cheryl (2005). A la sombra de la impunidad. Santiago.
  • Christie, Nils (2013). "La víctima ideal". En: Losa, Juan Francisco (coord.). Vida social, un lenguaje para interpretar. Buenos Aires, Editores del Puerto.
  • Errázuriz, Pilar (2018). "Violencia real, violencia simbólica: los crímenes de Alto Hospicio". Nomadías, (6): 142-146.
  • Fluxá, Rodrigo (2015). "Julio Pérez Silva. Predador". En: Guerriero, Leila. Los Malos. Ediciones Universidad Diego Portales.
  • Leiva, Ricardo (2005). Reinas del desierto: la aterradora historia de los crímenes de Alto Hospicio. Santiago, Planeta.
  • Matus, Alejandra (28 de julio de 2018). "Del arresto del sicópata de Alto Hospicio al hallazgo de cuerpos en un pique". The Clinic.
  • Sánchez, Beatriz (2021). "La víctima ideal en los delitos de agresión y abuso sexual". Universitas Revista de Filosofía, Derecho y Política, (38).
  • Silva, Jimena y Chávez, Loreto (2018). "Testimonios familiares de las adolescentes asesinadas en Alto Hospicio". Nomadías, (6): 109-126.
  • Tuozzo, Celina (2003). "Alto Hospicio: el Estado y la violencia de género en Chile". Confluencia, 1(2): 145-156.
  • Zúñiga, Diego (29 de septiembre de 2011). "Las madres de Alto Hospicio". Qué Pasa, La Tercera.

🔗 Enlaces de interés: