miércoles, 16 de septiembre de 2026

Karen Horney: la mujer que le devolvió la pregunta a Freud


El 16 de septiembre de 1885 nació en Blankenese, cerca de Hamburgo, la mujer que se atrevería a hacer lo que casi ningún psicoanalista de su generación se permitió: cuestionar a Freud desde adentro del propio movimiento que él había fundado.

Una infancia bajo la mirada de un padre severo

Karen Danielsen —su apellido de nacimiento— creció en un hogar donde su padre, un capitán de barco mercante noruego, protestante y conservador, criticaba abiertamente su inteligencia, sus intereses y su apariencia. Su madre, holandesa, era una mujer más libre de pensamiento, pero también atravesada por sus propios conflictos emocionales. Karen, más cercana a ella, resumió su respuesta a esa infancia con una frase que se volvería célebre: "Como no pude ser bonita, decidí que sería inteligente".

En 1906, contra los deseos explícitos de su padre y las convenciones de la época, entró a la escuela de medicina. En 1909 se casó con Oscar Horney, con quien tuvo tres hijas, y hacia 1910 comenzó a formarse en la recién creada Asociación Psicoanalítica de Berlín, fundada por Karl Abraham, uno de los discípulos más cercanos de Freud.

Cuando su propio análisis se usó en su contra

Aquí está uno de los episodios menos conocidos —y más incómodos— de su historia: Karl Abraham fue, durante un tiempo, el propio analista didáctico de Karen Horney. En 1920, en el VI Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado en La Haya, Abraham presentó una comunicación titulada "Manifestaciones del complejo de castración femenino", en la que afirmaba que muchas mujeres reprimían el deseo de ser hombres y rechazaban su identidad sexual —una tesis que, en parte, construyó a partir de lo recogido en el propio análisis de Horney.

Es decir: la teoría de la "envidia del pene" que ella dedicaría buena parte de su carrera a desmontar se apoyó, en sus primeros pasos, en material extraído de su propia terapia. Pocos datos ilustran mejor por qué Horney terminó desconfiando de un sistema que pretendía explicar la psicología femenina exclusivamente a través de una mirada masculina.

"¿Envidia de pene? No, desigualdad"

A medida que Horney trataba a sus propias pacientes y realizaba sus estudios en el Instituto Psicoanalítico de Berlín —del que fue una de las fundadoras en 1920—, la conducta real de las mujeres que veía en consulta no encajaba con lo que la teoría freudiana predecía. Entre 1922 y 1935 escribió catorce trabajos donde refutaba sistemáticamente la tendencia antifeminista de Freud, enfatizando causas sociales y culturales por sobre las biológicas en la psicología femenina.

Su argumento central era demoledor en su simpleza: las mujeres no envidiaban el pene de los hombres. Envidiaban su independencia, su poder y los privilegios que la sociedad les reservaba solo a ellos. El "sentimiento de desventaja" no era un hecho psíquico primario y universal, como sostenía Freud, sino la consecuencia lógica de desventajas reales y concretas: económicas, sociales, legales.

Horney fue incluso más lejos, dándole la vuelta completa al argumento freudiano: propuso la existencia de una envidia del útero (womb envy) —la idea de que son los hombres quienes, inconscientemente, envidian la capacidad femenina de gestar y dar vida, una "superioridad fisiológica absolutamente incuestionable", en sus propias palabras.

También cuestionó el Complejo de Edipo tal como Freud lo planteaba: para Horney, las dificultades emocionales entre padres e hijos no nacían de un deseo incestuoso reprimido, sino de una lucha de poder generacional dentro de la familia —una lectura mucho más social que sexual del vínculo familiar.

El precio de pensar distinto

En 1932, a los 47 años, emigró a Estados Unidos, primero al Instituto Psicoanalítico de Chicago y luego al de Nueva York. Allí publicó sus obras más influyentes: La personalidad neurótica de nuestro tiempo (1937) y Nuevos caminos en el psicoanálisis (1939). Fue precisamente por este último libro —que se apartaba cada vez más del marco freudiano ortodoxo en la formación de nuevos analistas— que el Instituto Psicoanalítico de Nueva York la apartó de la formación de estudiantes en 1941.

Lejos de retroceder, ese mismo año fundó su propia institución: el Instituto Americano de Psicoanálisis, que dirigió hasta su muerte. Se convirtió también en una de las precursoras de la psicología humanista —Abraham Maslow llegó a reconocerla explícitamente como una de sus fundadoras— y renovó la técnica terapéutica al cuestionar la relación jerárquica y autoritaria entre analista y paciente, apostando por una psicoterapia más colaborativa.

El olvido y el regreso

Karen Horney murió de cáncer el 4 de diciembre de 1952, en Nueva York, a los 67 años. A pesar de la fama que alcanzó en vida, su pensamiento cayó en un relativo olvido durante más de una década. No fue sino hasta 1967 —quince años después de su muerte— cuando se publicó Psicología femenina, una recopilación de los ensayos que había escrito décadas antes, que su obra volvió a circular con la fuerza que merecía. Para entonces, el movimiento feminista de la segunda ola encontró en sus escritos de los años veinte y treinta una base teórica que se había adelantado varias décadas a su tiempo.

📚 Bibliografía:

  • Horney, Karen (1967). Feminine Psychology. Nueva York: W. W. Norton & Company. (Recopilación póstuma de sus ensayos de 1922-1937).
  • Horney, Karen (1937). La personalidad neurótica de nuestro tiempo.
  • Horney, Karen (1939). Nuevos caminos en el psicoanálisis.
  • Horney, Karen (1945). Nuestros conflictos interiores.
  • Quinn, Susan (1987). A Mind of Her Own: The Life of Karen Horney. Nueva York: Summit Books. Aporte: la biografía académica de referencia sobre su vida y su ruptura con el círculo freudiano.

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martes, 15 de septiembre de 2026

Josefa Ortiz de Domínguez: El aviso que no pudieron silenciar.

Josefa Ortiz de Domínguez no fue una figura aislada de la Nueva España; su lucha dialoga directamente con la memoria de todas las mujeres que, en distintas latitudes de nuestra América, se rebelaron contra el dominio colonial. Desde la mirada de quienes escribimos y leemos desde el Sur, comprender su figura es reconocer que las redes insurgentes y la convicción política de las mujeres recorrieron todo el continente.

En septiembre, cuando en México se conmemora el inicio de su independencia —y en Chile preparamos las nuestras—, la historia oficial suele repetirse con el mismo sesgo: un relato dominado por próceres masculinos donde las mujeres quedan relegadas al margen o a la simple categoría de "esposas de". Sin embargo, al mirar el mapa de nuestras revoluciones americanas, descubrimos figuras cuya audacia política transformó el destino de todo un país. Una de las más determinantes fue Josefa Ortiz de Domínguez.

Conocida tradicionalmente bajo el título patriarcal de "La Corregidora", Josefa no fue una mera acompañante en los eventos de 1810 en Querétaro. Fue una pensadora republicana, una articuladora política y una estratega militar en la sombra.

En un tiempo donde la vida pública le estaba vedada a las mujeres, Josefa utilizó su posición para transformar su propio espacio doméstico en un centro de conspiración ideológica. Sensible a la opresión del sistema colonial sobre las comunidades indígenas, mestizas y criollas, no se limitó a simpatizar con la causa: financió el movimiento, organizó reuniones clandestinas y colaboró en la planificación del levantamiento insurgente.

El aviso que adelantó una revolución

Su papel más decisivo ocurrió en septiembre de 1810. Al ser descubierta la conspiración por las autoridades españolas el 13 de septiembre, su propio esposo, el corregidor Miguel Domínguez, se vio obligado a realizar cateos en las casas de la ciudad para capturar a los insurgentes. Para protegerla de ser arrestada junto al resto de los conspiradores, la encerró bajo llave en sus habitaciones —un gesto ambiguo, tan protector como silenciador, que terminaría siendo insuficiente para contenerla.

Lejos de resignarse, Josefa logró hacer llegar una advertencia urgente al alcalde Ignacio Pérez, quien se encargó de alertar a los líderes rebeldes de que la conspiración había sido descubierta. Aquella maniobra audaz desde el encierro obligó a Miguel Hidalgo e Ignacio Allende a adelantar el levantamiento armado, previsto originalmente para el 1 de octubre, a la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Sin la rapidez mental de Josefa, la insurgencia mexicana habría sido aplastada antes de nacer.


El precio de la convicción

El precio que pagó por su convicción fue alto: años de prisión en conventos e internados religiosos —primero en Santa Teresa, luego en Santa Catalina de Siena—, aislamiento de su familia y el constante intento del poder real por quebrantar su espíritu. Jamás se retractó.

Incluso tras el triunfo de la independencia, cuando el efímero Imperio de Agustín de Iturbide buscó cooptar su imagen ofreciéndole el cargo de dama de honor de la emperatriz Ana María Huarte, Josefa lo rechazó categóricamente, por considerarlo contrario a los ideales republicanos por los que había arriesgado todo. Mantuvo esa postura firme contra cualquier nueva forma de absolutismo hasta el final de su vida, afiliándose en sus últimos años a grupos liberales radicales.

Mirar a Josefa Ortiz de Domínguez desde un feminismo latinoamericano implica despojarla del bronce oficial y devolverle su agencia política. Ella, al igual que las estrategas y espías que operaron en los Andes o en Nueva Granada, demuestra que la libertad de América no fue una concesión ni una idea exclusivamente masculina, sino un proyecto continental teñido por la determinación de sus mujeres.

📚 Bibliografía:

  • Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). "Josefa Ortiz de Domínguez: acusaciones realistas". Incluye el testimonio original del alcalde Juan Ochoa al Virrey Calleja (11 de septiembre de 1810), que documenta el rol activo de Josefa en la conspiración.
  • García de Alba, Gabriel. Serie Historia, Tomo CVIII, y Serie Hernández y Dávalos, Tomo V. Archivo General de la Nación (México). Aporte: fuentes documentales primarias sobre el proceso judicial contra los conspiradores de Querétaro.
  • Secretaría de Gobernación (SEGOB), Portal de Fomento Cívico. Aporte: cronología oficial de su vida, incluyendo su filiación con las logias yorkinas tras la independencia.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

María Josefa Lastiri: la mujer detrás del sueño centroamericano


La historia oficial centroamericana suele resumirse en un puñado de nombres masculinos: Morazán, Barrundia, del Valle. Pero detrás de la Federación Centroamericana —ese proyecto unionista que soñó con una región integrada y que terminó fracasando entre guerras civiles— hubo una mujer que sostuvo, financió y sobrevivió a todo el proceso: María Josefa Lastiri Lozano.

De heredera acaudalada a esposa de un caudillo

Nació en Tegucigalpa el 20 de octubre de 1792, hija de un comerciante español y una criolla de Comayagua. Recibió la educación "esmerada" que su familia acomodada podía costear —una instrucción limitada, centrada en religión y labores domésticas, como correspondía a las mujeres de su época—, pero que aun así la formó como una mujer de carácter, frecuentadora de los salones de Tegucigalpa.

En 1818 se casó con el acaudalado hacendado Esteban Travieso, con quien tuvo cuatro hijos. Cuando él murió en 1825, Josefa heredó una considerable fortuna, incluyendo la hacienda de Jupuara. Fue justamente ahí, en su propia hacienda, donde conoció a Francisco Morazán: Travieso había intervenido para liberarlo de una prisión política en Comayagua, y en agradecimiento lo invitó a su casa. El vínculo entre Josefa y Morazán, viuda y militar ambicioso, escandalizó a la sociedad conservadora de Comayagua —tanto que su matrimonio, celebrado el 30 de diciembre de 1825, tardó meses en concretarse por la presión social.

Una vida marcada por la guerra

Lo que siguió no fue precisamente la vida tranquila de una primera dama. Apenas año y medio después de su boda, en abril de 1827, las tropas federales sitiaron Comayagua mientras Morazán salía a organizar la resistencia. Josefa quedó en la ciudad con sus hijos cuando esta cayó y fue saqueada. Meses después, cuando Morazán regresó victorioso tras la batalla de La Trinidad, Josefa presenció el júbilo popular que lo recibió como nuevo Jefe de Estado de Honduras.

Ese patrón se repitió una y otra vez durante los siguientes quince años: Morazán marchaba a la guerra —contra fuerzas federales, contra Guatemala, contra El Salvador, contra Nicaragua— y Josefa lo seguía de Estado en Estado, convirtiéndose sucesivamente en Primera Dama de Honduras (1827-1830), de la República Federal de Centroamérica (1830-1834 y 1835-1839), de El Salvador (1839-1840) y finalmente de Costa Rica (1842), a los 49 años.

En 1839, mientras Morazán gobernaba El Salvador, una revuelta en San Salvador tomó a Josefa y a su familia como rehenes para presionar su renuncia. Morazán respondió con una frase que revela el precio que pagaba su familia por sus ambiciones políticas: "pasaré sobre los cadáveres de mis hijos" antes que ceder. Atacó a los amotinados y los venció; en su huida, los rebeldes abandonaron a Josefa y a sus hijos sin causarles daño. Poco después, Morazán la envió a un exilio forzado en Costa Rica, luego Panamá, siempre huyendo un paso adelante de la próxima guerra.

El final, el mismo día que hoy celebramos

El desenlace llegó en Costa Rica. El 11 de septiembre de 1842, una sublevación en San José y Alajuela atrapó a Josefa y a su hija Adela, de apenas cuatro años, en medio de un combate feroz —se calcula que se dispararon más de 200.000 tiros esa noche. Madre e hija cayeron en poder de los sublevados y estuvieron a punto de ser fusiladas, hasta que fueron puestas bajo la protección de un sacerdote y luego de un comerciante local.

Morazán logró escapar del cerco, pero fue traicionado por quien creía un amigo y entregado a sus enemigos. El 15 de septiembre de 1842 —exactamente el mismo día en que hoy Centroamérica celebra el aniversario de su independencia— Francisco Morazán fue fusilado en San José, entre la expectación popular y el silencio doloroso de sus seguidores. Josefa se enteró de la muerte de su esposo una semana después, y sufrió, según los testimonios de la época, "dolorosas convulsiones y llanto sin tregua".

Los años finales, en la pobreza

Viuda, con su patrimonio familiar completamente consumido en financiar las campañas militares de Morazán, Josefa se trasladó a El Salvador, donde vivió sus últimos años en Cojutepeque, en la pobreza. Murió en San Salvador en 1846, a los 54 años.

La historiadora Anarella Vélez la sitúa junto a otras mujeres de la independencia latinoamericana —Juana Azurduy, Manuela Sáenz, Policarpa Salavarrieta, Micaela Bastidas— como parte de ese grupo de mujeres que fueron indispensables para las gestas emancipadoras del continente, pero que la historiografía tradicional relegó al rol de "esposas de". Josefa no empuñó un arma ni dirigió una batalla, pero sin su fortuna, su resistencia ante el exilio repetido y su disposición a arriesgarlo todo —incluida su propia vida y la de su hija— el proyecto unionista de Morazán simplemente no habría sido posible.

📚 Bibliografía:

  • Vélez, Anarella. "María Josefa Lastiri Lozano". Historia crítica, blog de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Aporte: la biografía académica más completa y detallada sobre Josefa, con abundante cita de fuentes primarias y testimonios de época.
  • Castañeda, Elvia (1992). La batalla del amor, María Josefa Lastiri. Tegucigalpa.
  • Mejía Nieto, Arturo (1947). Morazán, Presidente de la desaparecida República Centroamericana. Buenos Aires: Editorial Nova.
  • Guier, Enrique (1982). El General Francisco Morazán. San José: Editorial Studium.
  • Montúfar, Lorenzo. Reseña Histórica de Centro-América.

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domingo, 13 de septiembre de 2026

Tres pioneras con rango militar formal en el mundo

Cuando se habla de "la primera mujer con rango militar", casi siempre se cuenta una sola historia, recortada a la medida de un país. Pero si se amplía la mirada, aparecen al menos tres nombres que merecen leerse juntos: una rusa, una altoperuana y una chilena, separadas por apenas tres décadas y por miles de kilómetros, pero unidas por el mismo gesto de vestir un uniforme que no estaba pensado para ellas.

Antes de entrar en sus historias, una advertencia necesaria: lo que sigue son los casos mejor documentados en la historiografía occidental disponible, no un registro exhaustivo ni definitivo. Es posible que existan antecedentes en otras tradiciones —africanas, asiáticas, del mundo islámico premoderno— peor conservados o menos estudiados desde una perspectiva de género. Con esa salvedad, aquí van las tres pioneras.

Nadezhda Dúrova, la doncella de caballería (Rusia, 1807)

Nadezhda Dúrova nació en 1783 en un campamento militar ruso, hija de un oficial de caballería. En 1807, a los veinticuatro años, se disfrazó de hombre y se alistó bajo el nombre de Alexandr Sokolov en un regimiento de ulanos, huyendo de un matrimonio infeliz y de un hijo que dejó atrás. Combatió en la campaña prusiana contra Napoleón entre 1806 y 1807, salvando la vida de al menos dos soldados en pleno combate.

Su identidad se descubrió cuando su padre, alertado por rumores, la rastreó hasta encontrarla. El caso llegó a oídos del zar Alejandro I, quien decidió no enviarla de regreso a su casa: en diciembre de 1807 le otorgó una comisión oficial de caballería bajo el nombre de Alexandr Andréievich Alexándrov, convirtiéndola en la primera mujer conocida con rango de oficial en el ejército ruso. Combatió después en Borodinó (1812), fue herida, y se retiró en 1816 con pensión de capitana. Sus memorias, La doncella de caballería, publicadas en 1836, son hoy una fuente clave para entender la experiencia de las mujeres en las guerras napoleónicas.

Juana Azurduy, la teniente coronela del Alto Perú (1816)

Juana Azurduy nació en 1780 en Chuquisaca, en el Alto Perú, hoy Bolivia. Tras la revolución de 1809, ella y su esposo, Manuel Ascencio Padilla, se sumaron a la resistencia contra el dominio colonial español y organizaron una red de guerrillas conocida como la republiqueta de La Laguna. Azurduy combatió durante más de una década, comandando escuadrones propios —entre ellos las llamadas "amazonas"— en un terreno montañoso que exigía tácticas de guerra irregular.

El 3 de marzo de 1816 lideró un ataque victorioso contra un batallón español, acción que le valió el nombramiento de teniente coronela por parte del general Manuel Belgrano, quien le entregó su propio sable en reconocimiento. Ese mismo año perdió a su esposo, ejecutado por las fuerzas realistas. Azurduy continuó combatiendo hasta la independencia de Bolivia en 1825, pero murió en 1862 en la pobreza absoluta, sin recibir jamás la pensión vitalicia que Simón Bolívar le había concedido por decreto.

Candelaria Pérez, la sargento de Yungay (Chile, 1837-1839)

Candelaria Pérez nació en 1810 en Santiago de Chile. Trabajó como empleada doméstica y más tarde instaló una fonda en El Callao, Perú, que fue destruida al estallar la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana en 1836. Convertida en informante de las tropas chilenas, fue capturada y encarcelada por el bando peruano; al ser liberada, solicitó su incorporación al Ejército chileno y fue aceptada como cantinera del batallón Carampangue.

Su actuación en la toma del cerro Pan de Azúcar y en la decisiva batalla de Yungay (20 de enero de 1839), donde combatió fusil en mano junto a los soldados, le valió el ascenso a sargento y, después, a alférez —el equivalente histórico de subteniente—, otorgado por el propio general Manuel Bulnes. Su caso se considera el primer registro documentado de una mujer incorporada oficialmente al Ejército de Chile.

Tres caminos hacia el mismo reconocimiento

Lo que conecta a estas tres mujeres no es solo la cronología, sino el patrón: ninguna llegó al rango militar por una vía institucional pensada para ellas. Las tres lo obtuvieron como reconocimiento excepcional a su desempeño en combate, otorgado por un hombre con autoridad para hacerlo —un zar, un general independentista, un general chileno—, en el fragor de una guerra que no distinguía entre soldados y soldadas cuando se trataba de sobrevivir.

Ese patrón se repetirá, con variaciones, en toda la historia militar de las mujeres durante los dos siglos siguientes: el reconocimiento formal casi siempre llega después de la prueba de fuego, nunca antes. Y solo mucho más tarde —ya bien entrado el siglo XX— algunas fuerzas armadas empezarían a abrir sus escuelas de oficiales a las mujeres en tiempos de paz, sin necesidad de que mediara antes una guerra.

Bibliografía y links de interés:

v  v Nadezhda Dúrova

v v  Juana Azurduy

vv Candelaria Pérez

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Mahsa Amini, el mechón de pelo que encendió la revolución por la vida y la libertad en Irán

 

13 de septiembre, el día que todo comenzó.

Hay nombres que se convierten en consignas y rostros que, a su pesar, terminan por encarnar el grito ahogado de millones. El de Jina Mahsa Amini (2000-2022) es uno de ellos. Su trágica y violenta muerte no solo fracturó el silencio impuesto por décadas de teocracia fundamentalista en Irán, sino que se convirtió en la chispa de la primera revolución contemporánea liderada por mujeres bajo un lema que resonó en todo el planeta: "Zan, Zendegi, Azadi" (Mujer, Vida, Libertad).


Una vida arrebatada por la "Policía de la Moral"

Jina Mahsa Amini era una joven kurda iraní de 22 años con planes, una familia que la amaba y un futuro por delante. El 13 de septiembre de 2022, mientras se encontraba de visita en Teherán junto a su hermano, fue interceptada en la salida del metro por la Gasht-e Ershad (la nefasta "Policía de la Moral"). ¿Su delito? Llevar el hiyab de manera "inapropiada", dejando entrever unos mechones de cabello, una infracción intolerable según los estrictos códigos de vestimenta e imposición religiosa impuestos desde la Revolución Islámica de 1979.

Mahsa fue introducida a la fuerza en una furgoneta policial para ser llevada a un "centro de reeducación". Testigos presenciales afirmaron que fue golpeada brutalmente dentro del vehículo. Horas más tarde, ingresaba en coma al hospital Kasra. El 16 de septiembre de 2022, su corazón dejó de latir. Aunque las autoridades intentaron encubrir el feminicidio de Estado alegando un "fallo cardíaco repentino", las imágenes de su cuerpo inerte y los testimonios médicos desvelaron la verdad: Mahsa había muerto a causa de los traumatismos infligidos por la violencia policial.

"Mujer, Vida, Libertad": El estallido de una revolución

La indignación y el dolor se transformaron inmediatamente en rabia colectiva. El funeral de Mahsa en su ciudad natal, Saqqez, en el Kurdistán iraní, fue el epicentro del estallido. Las mujeres presentes se quitaron los hiyabs obligatorios, los ondearon en el aire y gritaron la consigna kurda "Jin, Jiyan, Azadî" —una expresión con décadas de historia en el movimiento kurdo— que a partir de ese momento se extendió y tradujo a otras lenguas de Irán, incluido el persa ("Zan, Zendegi, Azadi"), transformándose en el lema unificador de todo el levantamiento.

Lo que comenzó como una protesta local se extendió rápidamente por todo Irán, transformándose en un levantamiento nacional sin precedentes. Estudiantes universitarias, escolares, trabajadoras y ciudadanas de todas las edades tomaron las calles desafiando las balas, las detenciones y las ejecuciones del régimen totalitario.

Las imágenes recorrieron el mundo entero y se clavaron en la retina de la historia: mujeres quemando públicamente sus velos en grandes hogueras, cortándose el cabello en señal de duelo y rebeldía, y plantándose cara a cara frente a las fuerzas represivas armadas. Ya no se trataba únicamente de protestar contra una prenda de vestir; era una impugnación total a un sistema patriarcal, clerical y autoritario que utiliza el cuerpo de las mujeres como el primer y más vigilado territorio de control político.

El impacto histórico y la resistencia continua

La respuesta del régimen de los ayatolás fue implacable: censura de internet, detenciones masivas, torturas sistemáticas y la ejecución pública de jóvenes activistas en un intento desesperado por sembrar el terror y sofocar las protestas. Según organismos de derechos humanos, la represión dejó más de 500 personas muertas, cerca de 22.000 detenidas y al menos 10 ejecuciones vinculadas a las protestas. Pero los cimientos de la teocracia quedaron agrietados para siempre.

Aunque las dinámicas del poder institucional y legislativo en Irán sigan aferradas al control absoluto y a la persecución ciudadana mediante nuevas herramientas de vigilancia, el tejido social cambió de forma irreversible. El miedo cambió de bando. A pesar de los anuncios contradictorios o los intentos propagandísticos de simular reformas sobre la "Policía de la Moral" y la obligatoriedad del velo, las iraníes demostraron que las leyes opresivas pierden su fuerza cuando un pueblo entero decide desobedecerlas en masa. Hoy, miles de mujeres caminan diariamente por Teherán y otras ciudades con el cabello al descubierto, asumiendo riesgos enormes, pero sosteniendo una soberanía corporal ganada a pulso

Niloofar Hamedi y Elaheh Mohammadi, las dos periodistas que visibilizaron el caso ante el mundo —Hamedi publicando la fotografía de los padres de Mahsa abrazados en el hospital, Mohammadi cubriendo su funeral en Saqqez—, pagaron ese acto de verdad con más de un año de prisión. Fueron indultadas en febrero de 2025, tras haber sido condenadas a más de una década de cárcel cada una. Su condena y posterior indulto son, en sí mismos, la medida exacta de cuánto le costó al régimen que el mundo supiera lo que le pasó a Mahsa.

Desde Escritos Feministas, honro la memoria de Jina Mahsa Amini y de todas las que cayeron —y siguen luchando— en el frente de la resistencia iraní. Su sacrificio nos recuerda que los derechos de las mujeres nunca están completamente garantizados y que la libertad comienza, precisamente, desarmando los mandatos que pretenden disciplinar nuestros cuerpos. Mahsa ya no está, pero el fuego que encendió su mechón de pelo sigue iluminando la larga noche de la opresión.

Bibliografía:

·         Satrapi, M. (Ed.). (2023). Mujer, Vida, Libertad. Reservoir Books. (Novela gráfica colectiva que documenta la revolución).

·         Informes de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en Irán (2022-2024).

·         Testimonios y crónicas de periodistas independientes iraníes: Niloofar Hamedi (diario Shargh) y Elaheh Mohammadi (diario Ham-Mihan), quienes visibilizaron el caso de Mahsa al mundo y fueron encarceladas por ello entre 2022 y 2024.