domingo, 13 de septiembre de 2026

Tres pioneras con rango militar formal en el mundo

Cuando se habla de "la primera mujer con rango militar", casi siempre se cuenta una sola historia, recortada a la medida de un país. Pero si se amplía la mirada, aparecen al menos tres nombres que merecen leerse juntos: una rusa, una altoperuana y una chilena, separadas por apenas tres décadas y por miles de kilómetros, pero unidas por el mismo gesto de vestir un uniforme que no estaba pensado para ellas.

Antes de entrar en sus historias, una advertencia necesaria: lo que sigue son los casos mejor documentados en la historiografía occidental disponible, no un registro exhaustivo ni definitivo. Es posible que existan antecedentes en otras tradiciones —africanas, asiáticas, del mundo islámico premoderno— peor conservados o menos estudiados desde una perspectiva de género. Con esa salvedad, aquí van las tres pioneras.

Nadezhda Dúrova, la doncella de caballería (Rusia, 1807)

Nadezhda Dúrova nació en 1783 en un campamento militar ruso, hija de un oficial de caballería. En 1807, a los veinticuatro años, se disfrazó de hombre y se alistó bajo el nombre de Alexandr Sokolov en un regimiento de ulanos, huyendo de un matrimonio infeliz y de un hijo que dejó atrás. Combatió en la campaña prusiana contra Napoleón entre 1806 y 1807, salvando la vida de al menos dos soldados en pleno combate.

Su identidad se descubrió cuando su padre, alertado por rumores, la rastreó hasta encontrarla. El caso llegó a oídos del zar Alejandro I, quien decidió no enviarla de regreso a su casa: en diciembre de 1807 le otorgó una comisión oficial de caballería bajo el nombre de Alexandr Andréievich Alexándrov, convirtiéndola en la primera mujer conocida con rango de oficial en el ejército ruso. Combatió después en Borodinó (1812), fue herida, y se retiró en 1816 con pensión de capitana. Sus memorias, La doncella de caballería, publicadas en 1836, son hoy una fuente clave para entender la experiencia de las mujeres en las guerras napoleónicas.

Juana Azurduy, la teniente coronela del Alto Perú (1816)

Juana Azurduy nació en 1780 en Chuquisaca, en el Alto Perú, hoy Bolivia. Tras la revolución de 1809, ella y su esposo, Manuel Ascencio Padilla, se sumaron a la resistencia contra el dominio colonial español y organizaron una red de guerrillas conocida como la republiqueta de La Laguna. Azurduy combatió durante más de una década, comandando escuadrones propios —entre ellos las llamadas "amazonas"— en un terreno montañoso que exigía tácticas de guerra irregular.

El 3 de marzo de 1816 lideró un ataque victorioso contra un batallón español, acción que le valió el nombramiento de teniente coronela por parte del general Manuel Belgrano, quien le entregó su propio sable en reconocimiento. Ese mismo año perdió a su esposo, ejecutado por las fuerzas realistas. Azurduy continuó combatiendo hasta la independencia de Bolivia en 1825, pero murió en 1862 en la pobreza absoluta, sin recibir jamás la pensión vitalicia que Simón Bolívar le había concedido por decreto.

Candelaria Pérez, la sargento de Yungay (Chile, 1837-1839)

Candelaria Pérez nació en 1810 en Santiago de Chile. Trabajó como empleada doméstica y más tarde instaló una fonda en El Callao, Perú, que fue destruida al estallar la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana en 1836. Convertida en informante de las tropas chilenas, fue capturada y encarcelada por el bando peruano; al ser liberada, solicitó su incorporación al Ejército chileno y fue aceptada como cantinera del batallón Carampangue.

Su actuación en la toma del cerro Pan de Azúcar y en la decisiva batalla de Yungay (20 de enero de 1839), donde combatió fusil en mano junto a los soldados, le valió el ascenso a sargento y, después, a alférez —el equivalente histórico de subteniente—, otorgado por el propio general Manuel Bulnes. Su caso se considera el primer registro documentado de una mujer incorporada oficialmente al Ejército de Chile.

Tres caminos hacia el mismo reconocimiento

Lo que conecta a estas tres mujeres no es solo la cronología, sino el patrón: ninguna llegó al rango militar por una vía institucional pensada para ellas. Las tres lo obtuvieron como reconocimiento excepcional a su desempeño en combate, otorgado por un hombre con autoridad para hacerlo —un zar, un general independentista, un general chileno—, en el fragor de una guerra que no distinguía entre soldados y soldadas cuando se trataba de sobrevivir.

Ese patrón se repetirá, con variaciones, en toda la historia militar de las mujeres durante los dos siglos siguientes: el reconocimiento formal casi siempre llega después de la prueba de fuego, nunca antes. Y solo mucho más tarde —ya bien entrado el siglo XX— algunas fuerzas armadas empezarían a abrir sus escuelas de oficiales a las mujeres en tiempos de paz, sin necesidad de que mediara antes una guerra.

Bibliografía y links de interés:

v  v Nadezhda Dúrova

v v  Juana Azurduy

vv Candelaria Pérez

 

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