13 de septiembre, el día que todo comenzó.
Hay nombres que se convierten en consignas
y rostros que, a su pesar, terminan por encarnar el grito ahogado de millones.
El de Jina Mahsa Amini (2000-2022) es uno de ellos. Su trágica y violenta
muerte no solo fracturó el silencio impuesto por décadas de teocracia
fundamentalista en Irán, sino que se convirtió en la chispa de la primera
revolución contemporánea liderada por mujeres bajo un lema que resonó en todo
el planeta: "Zan, Zendegi, Azadi" (Mujer, Vida, Libertad).
Una vida arrebatada por la "Policía de la Moral"
Jina Mahsa Amini era una joven kurda iraní de 22 años con planes, una familia que la amaba y un futuro por delante. El 13 de septiembre de 2022, mientras se encontraba de visita en Teherán junto a su hermano, fue interceptada en la salida del metro por la Gasht-e Ershad (la nefasta "Policía de la Moral"). ¿Su delito? Llevar el hiyab de manera "inapropiada", dejando entrever unos mechones de cabello, una infracción intolerable según los estrictos códigos de vestimenta e imposición religiosa impuestos desde la Revolución Islámica de 1979.
Mahsa fue introducida a la fuerza en una furgoneta policial para ser llevada a un "centro de reeducación". Testigos presenciales afirmaron que fue golpeada brutalmente dentro del vehículo. Horas más tarde, ingresaba en coma al hospital Kasra. El 16 de septiembre de 2022, su corazón dejó de latir. Aunque las autoridades intentaron encubrir el feminicidio de Estado alegando un "fallo cardíaco repentino", las imágenes de su cuerpo inerte y los testimonios médicos desvelaron la verdad: Mahsa había muerto a causa de los traumatismos infligidos por la violencia policial.
"Mujer, Vida, Libertad": El estallido de una revolución
La indignación y el dolor se transformaron inmediatamente en rabia colectiva. El funeral de Mahsa en su ciudad natal, Saqqez, en el Kurdistán iraní, fue el epicentro del estallido. Las mujeres presentes se quitaron los hiyabs obligatorios, los ondearon en el aire y gritaron la consigna kurda "Jin, Jiyan, Azadî" —una expresión con décadas de historia en el movimiento kurdo— que a partir de ese momento se extendió y tradujo a otras lenguas de Irán, incluido el persa ("Zan, Zendegi, Azadi"), transformándose en el lema unificador de todo el levantamiento.Lo que comenzó
como una protesta local se extendió rápidamente por todo Irán, transformándose
en un levantamiento nacional sin precedentes. Estudiantes universitarias,
escolares, trabajadoras y ciudadanas de todas las edades tomaron las calles
desafiando las balas, las detenciones y las ejecuciones del régimen
totalitario.
Las imágenes recorrieron el mundo entero y se clavaron en la retina de la historia: mujeres quemando públicamente sus velos en grandes hogueras, cortándose el cabello en señal de duelo y rebeldía, y plantándose cara a cara frente a las fuerzas represivas armadas. Ya no se trataba únicamente de protestar contra una prenda de vestir; era una impugnación total a un sistema patriarcal, clerical y autoritario que utiliza el cuerpo de las mujeres como el primer y más vigilado territorio de control político.
El impacto histórico y la resistencia continua
La respuesta del régimen de los ayatolás
fue implacable: censura de internet, detenciones masivas, torturas sistemáticas
y la ejecución pública de jóvenes activistas en un intento desesperado por
sembrar el terror y sofocar las protestas. Según organismos de derechos
humanos, la represión dejó más de 500 personas muertas, cerca de 22.000
detenidas y al menos 10 ejecuciones vinculadas a las protestas. Pero los
cimientos de la teocracia quedaron agrietados para siempre.
Aunque las dinámicas del poder institucional y legislativo en Irán sigan aferradas al control absoluto y a la persecución ciudadana mediante nuevas herramientas de vigilancia, el tejido social cambió de forma irreversible. El miedo cambió de bando. A pesar de los anuncios contradictorios o los intentos propagandísticos de simular reformas sobre la "Policía de la Moral" y la obligatoriedad del velo, las iraníes demostraron que las leyes opresivas pierden su fuerza cuando un pueblo entero decide desobedecerlas en masa. Hoy, miles de mujeres caminan diariamente por Teherán y otras ciudades con el cabello al descubierto, asumiendo riesgos enormes, pero sosteniendo una soberanía corporal ganada a pulso
Niloofar
Hamedi y Elaheh Mohammadi, las dos periodistas que visibilizaron el caso ante
el mundo —Hamedi publicando la fotografía de los padres de Mahsa abrazados en
el hospital, Mohammadi cubriendo su funeral en Saqqez—, pagaron ese acto de
verdad con más de un año de prisión. Fueron indultadas en febrero de 2025, tras
haber sido condenadas a más de una década de cárcel cada una. Su condena y
posterior indulto son, en sí mismos, la medida exacta de cuánto le costó al
régimen que el mundo supiera lo que le pasó a Mahsa.
Desde
Escritos Feministas, honro la memoria de Jina Mahsa Amini y de todas las que
cayeron —y siguen luchando— en el frente de la resistencia iraní. Su sacrificio
nos recuerda que los derechos de las mujeres nunca están completamente
garantizados y que la libertad comienza, precisamente, desarmando los mandatos
que pretenden disciplinar nuestros cuerpos. Mahsa ya no está, pero el fuego que
encendió su mechón de pelo sigue iluminando la larga noche de la opresión.
Bibliografía:
·
Informes
de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en Irán
(2022-2024).
· Testimonios y crónicas de periodistas independientes iraníes: Niloofar Hamedi (diario Shargh) y Elaheh Mohammadi (diario Ham-Mihan), quienes visibilizaron el caso de Mahsa al mundo y fueron encarceladas por ello entre 2022 y 2024.
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